Cada
día era un motivo para tratar de ser
feliz
Hace falta más valor para sufrir que para morir.
Napoleón
Micaela
despertó como cada mañana con el aroma
a café y el de leche hirviendo. Una melodía suave y el canturrear de su
padre frente al espejo, afeitándose para ir a trabajar, la recibían.
Era
una niña delgaducha , morena como la canela
y con unos ojos vivarachos, capaces de leer los acontecimientos de la
vida, los que jamás olvidaría.
-¡Buenos
días, ma’, ¡buenos días , pa’! - era el saludo matutino que todos los días
pronunciaba.
-¡Buenos
días!- le respondían ellos con una inefable sonrisa. Sonrisa que muchas veces
se desdibujaba de sus labios para dar paso a una mueca de profundo dolor que la
marcaría para toda su vida.
El
nuevo día la esperaba con un entrañable desayuno. Seis niñas sentadas alrededor
a la mesa, sintiéndose las niñas más felices del planeta.
-Ma’, ¿puedo ir al mercado contigo?
-Puedes…termina
el desayuno y tiende tu cama.
-Ya
ma’- era la respuesta de Micaela.
Era
un placer acompañar a mamá aunque después, estando ya en el mercado, el olor a
pescado y otras carnes le producían náuseas. Micaela con el ceño fruncido y la
cara de pocos amigos la apuraba para regresar a casa.
-Siempre
es lo mismo, Micaela. No seas malcriada cambia de cara.
Y
es que a Micaela, el desorden la enfermaba, los malos olores del mercado
excitaban su estado de ánimo. Claro que todo eso se olvidaba con unos yases,
una lámina de muñecas recortables que lograban que recupere la dicha. ¡Qué
feliz se sentía!
La
mañana estaba iluminada por los rayos del sol. Era un día de verano y el verano
siempre alegra el alma, sobre todo el alma de Micaela. ¡Amaba el verano!
El
día había transcurrido plácidamente. Entre juegos y disputas las niñas gozaban
del calor de hogar. La madre entretenida en los quehaceres, el padre en su
centro de labores, ellas disfrutando de la vida, ignorantes de lo que se
avecinaba.
Siempre
era así, parecía que el tiempo no pasaba; o al menos para ellas, no. Micaela
era la mayor de las seis hermanas, se vislumbraba en ella una personalidad
arrolladora, leía entre líneas lo que el libro de la vida le ofrecía. Gozaba de
los juegos, soñaba… soñaba demasiado. Soñaba en lo que sería de grande, soñaba
con las cosas que no tenía. ¡Cómo soñaba, Micaela!
Cada
tarde recibía a su padre quien llegaba del trabajo. ¡Mi papá, mi papá! Era el
saludo de las niñas. Micaela en primera fila. Y es que su padre era su héroe,
el que lo sabía todo, el que solucionaba todo… O casi todo. No pudo solucionar
lo que luego sería la noche más oscura en
la vida de Micaela.
Transcurría
serena la vida de las niñas. Con mañanas de escuela, con tardes de juego, con
noches de ensueño, con risas y llanto, con luces y sombras.
Micaela
miraría luego, su vida en retrospectiva. Daría lo que sea por desandar lo
andado. No era fácil dejar de ser niña y pasar a una juventud donde tendría que
responder a las interrogantes que su destino había preparado para ella. Vería
que sus padres no eran infalibles, que cometían errores, que eran débiles como
cualquier mortal, que no eran lo demasiado fuertes como ella siempre creyó. Eso
lo fue descubriendo, a medida que crecía.
Recordaba,
por ejemplo, aquel aciago día en que su papá no llegó a casa. Su madre, serena siempre, tenía dibujado en el rostro un rictus que la llenaba de tristeza. ¿Qué
había pasado? ¿Dónde estaba su padre?
Pequeños cuerpos a los que le habían arrebatado el alma.
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