Un
sueño
Caminaba por
aquella calle que me había cobijado toda una vida. De pronto vi la puerta
entreabierta de aquella casa, morada de mi infancia. No sé si la confundí o
realmente fue mi casa.
Unas florecitas
blancas pendían del techo. Retrocedí y me acerqué, toqué la puerta y aquella
muchacha a quien yo conocí de niña avisó a su mamá que la llamaba.
-¡Señora!, ¡señora!-
exclamé.
Vi su rostro
dirigiéndome una mirada que no me gustó.
-¿Quién ha
muerto?-pregunté nerviosa.
Presentía algo
horrible, mi corazón latía apresuradamente como avisándome que algo muy feo
había ocurrido.
-Tu
papá-contestó con esa voz irónica que rasgó mi corazón.
-¿Cuándo?, ¿por
qué no me avisaron?
Sentía que el
mundo se me venía abajo. No podía ser.
-¿Por qué no me
avisaron?- con voz sollozante repetía la pregunta.
Fue suficiente.
Desperté anegada en llanto. Por segunda vez había experimentado la muerte de mi
padre.
Inmediatamente
me vi sumergida en otro espacio el cual me recibió con una ráfaga de luz que me
nublaba la visión. Yo estaba ahí con una maleta negra, la de siempre, la que
todos los días me acompañaba.
Caminaba con
ella en mano por una vereda angosta, presurosa porque debía coger el bus que me
llevaría a mi destino. Llegué a la esquina de siempre y me detuve ansiosa, miraba
el reloj con premura. De pronto vi que algo se asomaba en la otra esquina,
recordé el sueño que me había afligido hasta dejarme sumida en una profunda
tristeza. No dejaba de pensar en ese momento que me oprimió el corazón.
Era una mañana
gris, poca gente deambulaba a esa hora. Era muy temprano, los seres que veía
parecían de otra orden de cosas, no me miraban, no podía verles los ojos.
El bus se acercó
a la acera donde estaba yo parada. Subí como una autómata, miré a los demás
pasajeros, pero no les podía ver el rostro, era como si no lo tuvieran. Sentí
un poco de miedo, pero fingí que no pasaba nada.
Me senté en uno
de los asientos que daba hacia la ventana y cerré los ojos, aún quedaban rezagos
de la mala noche que había pasado. Emprendí en ese momento el viaje que me llevaría
a mi centro de trabajo. No pude evitar remontarme a aquella casita que fue
morada de alegrías y tristezas. El desayuno de las mañanas, ese olor a café
pasado, a leche que dejaba pegada la nata en la olla donde mi madre la hervía,
a pan recién salido del horno.
El bus seguía su
camino sin detenerse, como si quisiera huir; y en esa huida me transportaba
hacia el pasado. Me resistí y abrí los ojos, volteé para mirar hacia afuera.
Abrí la maleta
negra, compañera diaria en mis avatares. Cogí el cuadernillo donde había
escrito a grandes rasgos, con una letra nerviosa pero firme aquel sueño que me
invadió de recuerdos tristes, pero que a su vez sirvió para sumergirme en esa
vida pasada llena de bellas emociones y recuerdos.
Mientras mis
ojos recorrían esas líneas, sentía que el bus aceleraba el paso, parecía que
nunca se iba a detener. Levanté la mirada del papel y volví a mirar hacia la
calle. Estaba en aquella Plaza donde corría y jugaba en compañía de mis hermanas
y mi madre, abnegada mujer que nunca dejó de darse a las hijas, capaz de los
más grandes sacrificios por esos seres a quienes ella consideraba su vida y su
razón de ser. Corríamos, reíamos, brincábamos como ovejas descarriadas, siempre
bajo su atenta mirada. El televisor
estaba encendido y ella, mi madre, miraba soslayadamente hacia la pantalla. Era su
momento de relax, casi nunca lo tenía.
Llegábamos a casa,
era la hora de cenar. Antes debíamos asearnos las manos y sentarnos a la mesa
con esa ceremonia que hoy ya no existe. A comer lo que ella había preparado con
profundo amor y cuidado. Eran casi las 8 de la noche, la hora del reposo.
Volví a posar
mis ojos sobre el papel, ya no eran las mismas líneas, ahora estaban escritas
con letras grandes y redondas nuestros
paseos por el parque: con pelota en mano, con muñeca en mano, con todas las
energías que una niña de 11 años puede tener.
Estaba leyendo
con mucha nostalgia ese pasaje de mi vida, esas noches primaverales de luna
llena que nos invitaba al juego.
-¡Mira, la luna
me persigue!
¡Qué ingenuidad!
Pero así era, así éramos.
Me ensimismé en
los recuerdos, ya no leía nada, solo recordaba. Recordaba cada día a las 6 de
la tarde cuando mi padre llegaba del trabajo. ¡Qué alegría! Era un momento de
felicidad indescriptible: ¡Mi papá!, ¡mi papá!
Así lo
recibíamos todos los días. Corriendo por toda la vereda cruzábamos la calle
hasta llegar a darle el encuentro. Lo abrazábamos y él nos cogía la cabeza, era
su gesto y su manera de expresar que también se alegraba de vernos.
Así transcurrían
los días, en calma y con esa rutina a la que ya nos habíamos acostumbrado. Era
el día a día en el cual crecíamos hasta llegar al hoy, sentada en un asiento
del bus, recordando aquellos días que no volverían.
Un movimiento brusco
me sacó del trance en el que estaba sumida. El bus se detuvo y volví a la
realidad. Me quedaba una hora para llegar a mi destino, el viaje era largo; ya
habían transcurrido cuarenta minutos. Había que esperar.
Mi mirada se
volvió a posar sobre la hoja del cuaderno que estaba leyendo e inmediatamente
me transporté a aquel viernes como tantos otros en el que mi padre llegaba a
casa embriagado, de nostalgia, de dolores, de impotencia. Nunca lo había visto
llorar, con la cabeza entre las manos, ese hombre se volvía niño; capaz de
exteriorizar sus sentimientos y ocasionándome un dolor profundo, un deseo de
hacer algo por ese ser a quien tanto
amaba.
Recordaba su
infancia, a sus hermanos, a su madre, el día en que Nira dejó este mundo. No
entendía la aparente indiferencia de su padre, el llanto de su madre le oprimía
el corazón, provocando en él un odio profundo hacia su padre.
Nira los dejó
una tarde de invierno, oscura y triste. Uno de esos días que no se quieren
vivir. Ella había sido su compañera de juegos, su amiga, su hermana, su
ejemplo. Nunca supe a ciencia cierta de qué murió, lo cierto es que se fue
apagando como una velita, como años después se apagaría mi padre en un
hospital. Nira se fue de casa.
Hubiera dado lo
que sea por sanarle las heridas del alma. Aquellas que lo marcaron para toda la
vida e hicieron de él un ser lleno de dolor, pero capaz de despertar en mí los
más nobles sentimientos.
Querida hermana, me has hecho llorar, me has transportado contigo e ese viaje maravilloso hacia el pasado pero a la vez triste, porque sabemos que nunca mas volveremos a el, solo son recuerdos y sentimientos entrecortados de alegría pero a la vez de profunda tristeza, de orgullo por los padres que tuvimos, quienes dejaron profunda huella en nosotros, no solo de amor y sacrificio sino también de valores y dignidad, lo que ahora ya casi no existe, guardo la esperanza y le pido a Dios de rodillas que merezca estar con ellos en la eternidad, te amo con todo mi corazón y te envió un abrazo fraternal.
ResponderEliminarOlguita:
EliminarNo quiero que te pongas triste. Ellos están bien y quieren que nosotras también lo estemos.
Un abrazo, querida hermana.