Contigo a la eternidad

martes, 11 de septiembre de 2012

Un sueño


Un sueño
Caminaba por aquella calle que me había cobijado toda una vida. De pronto vi la puerta entreabierta de aquella casa, morada de mi infancia. No sé si la confundí o realmente fue mi casa.
Unas florecitas blancas pendían del techo. Retrocedí y me acerqué, toqué la puerta y aquella muchacha a quien yo conocí de niña avisó a su mamá que la llamaba.
-¡Señora!, ¡señora!- exclamé.
Vi su rostro dirigiéndome una mirada que no me gustó.
-¿Quién ha muerto?-pregunté nerviosa.
Presentía algo horrible, mi corazón latía apresuradamente como avisándome que algo muy feo había ocurrido.
-Tu papá-contestó con esa voz irónica que rasgó mi corazón.
-¿Cuándo?, ¿por qué no me avisaron?
Sentía que el mundo se me venía abajo. No podía ser.
-¿Por qué no me avisaron?- con voz sollozante repetía la pregunta.
Fue suficiente. Desperté anegada en llanto. Por segunda vez había experimentado la muerte de mi padre.
Inmediatamente me vi sumergida en otro espacio el cual me recibió con una ráfaga de luz que me nublaba la visión. Yo estaba ahí con una maleta negra, la de siempre, la que todos los días me acompañaba.
Caminaba con ella en mano por una vereda angosta, presurosa porque debía coger el bus que me llevaría a mi destino. Llegué a la esquina de siempre y me detuve ansiosa, miraba el reloj con premura. De pronto vi que algo se asomaba en la otra esquina, recordé el sueño que me había afligido hasta dejarme sumida en una profunda tristeza. No dejaba de pensar en ese momento que me oprimió el corazón.
Era una mañana gris, poca gente deambulaba a esa hora. Era muy temprano, los seres que veía parecían de otra orden de cosas, no me miraban, no podía verles los ojos.
El bus se acercó a la acera donde estaba yo parada. Subí como una autómata, miré a los demás pasajeros, pero no les podía ver el rostro, era como si no lo tuvieran. Sentí un poco de miedo, pero fingí que no pasaba nada.
Me senté en uno de los asientos que daba hacia la ventana y cerré los ojos, aún quedaban rezagos de la mala noche que había pasado. Emprendí en ese momento el viaje que me llevaría a mi centro de trabajo. No pude evitar remontarme a aquella casita que fue morada de alegrías y tristezas. El desayuno de las mañanas, ese olor a café pasado, a leche que dejaba pegada la nata en la olla donde mi madre la hervía, a pan recién salido del horno.
El bus seguía su camino sin detenerse, como si quisiera huir; y en esa huida me transportaba hacia el pasado. Me resistí y abrí los ojos, volteé para mirar hacia afuera.
Abrí la maleta negra, compañera diaria en mis avatares. Cogí el cuadernillo donde había escrito a grandes rasgos, con una letra nerviosa pero firme aquel sueño que me invadió de recuerdos tristes, pero que a su vez sirvió para sumergirme en esa vida pasada llena de bellas emociones y recuerdos.
Mientras mis ojos recorrían esas líneas, sentía que el bus aceleraba el paso, parecía que nunca se iba a detener. Levanté la mirada del papel y volví a mirar hacia la calle. Estaba en aquella Plaza donde corría y jugaba en compañía de mis hermanas y mi madre, abnegada mujer que nunca dejó de darse a las hijas, capaz de los más grandes sacrificios por esos seres a quienes ella consideraba su vida y su razón de ser. Corríamos, reíamos, brincábamos como ovejas descarriadas, siempre bajo su atenta mirada.  El televisor estaba encendido y ella, mi madre, miraba soslayadamente hacia la pantalla. Era su momento de relax, casi nunca lo tenía.
Llegábamos a casa, era la hora de cenar. Antes debíamos asearnos las manos y sentarnos a la mesa con esa ceremonia que hoy ya no existe. A comer lo que ella había preparado con profundo amor y cuidado. Eran casi las 8 de la noche, la hora del reposo.
Volví a posar mis ojos sobre el papel, ya no eran las mismas líneas, ahora estaban escritas con letras grandes y redondas  nuestros paseos por el parque: con pelota en mano, con muñeca en mano, con todas las energías que una niña de 11 años puede tener.
Estaba leyendo con mucha nostalgia ese pasaje de mi vida, esas noches primaverales de luna llena que nos invitaba al juego.
-¡Mira, la luna me persigue!
¡Qué ingenuidad! Pero así era, así éramos.
Me ensimismé en los recuerdos, ya no leía nada, solo recordaba. Recordaba cada día a las 6 de la tarde cuando mi padre llegaba del trabajo. ¡Qué alegría! Era un momento de felicidad indescriptible: ¡Mi papá!, ¡mi papá!
Así lo recibíamos todos los días. Corriendo por toda la vereda cruzábamos la calle hasta llegar a darle el encuentro. Lo abrazábamos y él nos cogía la cabeza, era su gesto y su manera de expresar que también se alegraba de vernos.
Así transcurrían los días, en calma y con esa rutina a la que ya nos habíamos acostumbrado. Era el día a día en el cual crecíamos hasta llegar al hoy, sentada en un asiento del bus, recordando aquellos días que no volverían.
Un movimiento brusco me sacó del trance en el que estaba sumida. El bus se detuvo y volví a la realidad. Me quedaba una hora para llegar a mi destino, el viaje era largo; ya habían transcurrido cuarenta minutos. Había que esperar.
Mi mirada se volvió a posar sobre la hoja del cuaderno que estaba leyendo e inmediatamente me transporté a aquel viernes como tantos otros en el que mi padre llegaba a casa embriagado, de nostalgia, de dolores, de impotencia. Nunca lo había visto llorar, con la cabeza entre las manos, ese hombre se volvía niño; capaz de exteriorizar sus sentimientos y ocasionándome un dolor profundo, un deseo de hacer algo por ese ser  a quien tanto amaba.
Recordaba su infancia, a sus hermanos, a su madre, el día en que Nira dejó este mundo. No entendía la aparente indiferencia de su padre, el llanto de su madre le oprimía el corazón, provocando en él un odio profundo hacia su padre.
Nira los dejó una tarde de invierno, oscura y triste. Uno de esos días que no se quieren vivir. Ella había sido su compañera de juegos, su amiga, su hermana, su ejemplo. Nunca supe a ciencia cierta de qué murió, lo cierto es que se fue apagando como una velita, como años después se apagaría mi padre en un hospital. Nira se fue de casa.
Hubiera dado lo que sea por sanarle las heridas del alma. Aquellas que lo marcaron para toda la vida e hicieron de él un ser lleno de dolor, pero capaz de despertar en mí los más nobles sentimientos.




2 comentarios:

  1. Querida hermana, me has hecho llorar, me has transportado contigo e ese viaje maravilloso hacia el pasado pero a la vez triste, porque sabemos que nunca mas volveremos a el, solo son recuerdos y sentimientos entrecortados de alegría pero a la vez de profunda tristeza, de orgullo por los padres que tuvimos, quienes dejaron profunda huella en nosotros, no solo de amor y sacrificio sino también de valores y dignidad, lo que ahora ya casi no existe, guardo la esperanza y le pido a Dios de rodillas que merezca estar con ellos en la eternidad, te amo con todo mi corazón y te envió un abrazo fraternal.

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    1. Olguita:
      No quiero que te pongas triste. Ellos están bien y quieren que nosotras también lo estemos.
      Un abrazo, querida hermana.

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