Contigo a la eternidad

sábado, 13 de abril de 2013

Poesía

"¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
  Poesía... eres tú".
Así define Bécquer a la sublime sensación
que eleva al hombre más alla de lo infinito.
Susurro del alma que sacude el ser
hasta dejarlo sumido en ese algo
que remueve las fibras más sensibles,
que carcome el sarro que deja el vivir.
¿Qué es poesía? Reitero la pregunta.
Poesía es calma,
poesía es tormenta,
poesía es rebeldía.
poesía es sumisión.
Sumisión ante lo bello,
rebeldía ante la no existencia
del ser que busca existir.
¿Qué es poesía? Se preguntan todos
los que jamás conocieron el deleite
que produce jugar con el destino,
jugar con los sentidos.
Finalmente digo, poesía es todo;
poesía es nada.
Poesía es la suma del yo, 
del tú,
del nosotros, 
de aquellos.

viernes, 12 de abril de 2013

Recuerdos

Cómo olvidarlos muchachos que sin quizás saberlo inyectaron vida a mi vida.
Cómo olvidar su sonrisa que llenaba el salón de alegría.
Cómo olvidar sus palabras que me invitaron a pensar en las que yo no decía.
Cómo olvidar sus vacíos que quizás fueron también los míos.
Cómo olvidar su presencia que fortaleció y y dio sentido a la mía.
Cómo olvidarlos muchachos que quizás sin proponérselo inyectaron vida a mi vida.

La felicidad


La felicidad es un estado momentáneo
que viene y se va sin avisar.
Cabalgas sobre ella con frenesí,
para luego desmontarlo y caer a un pozo oscuro
donde penas y lamentos te persiguen
como almas desgraciadas
buscando salir de ese infierno
que Dante dividiera en nueve círculos.
Te conformas con el purgatorio y esperas
otra vez subir al lomo
de esa bestia
que se hará esperar por quizás indefinido tiempo.

martes, 2 de abril de 2013

Ensueño

Soñé que caminaba por un largo sendero y
que a mi paso veía solo inefables momentos:
niños hartos de alimento, sin sed de agua, 
sin sed de abrigo;
sin las ataduras del hambre,
sin la condena de vivir muriendo,
sin el frío causante por el mal abrigo.
Soñé que me acogían con los brazos extendidos
que me miraban como se mira al
tesoro más valioso que jamás ha existido.
Soñé que me encontraba con quienes
alguna vez tuvieron
que dejarme para alcanzar el cielo.
Cómo vivir quisiera
soñando que por fin
alcancé mis sueños.


sábado, 19 de enero de 2013

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Intentos


Cada  día era un motivo para tratar de ser feliz

Hace falta más valor para sufrir que para morir.
Napoleón

Micaela despertó como cada mañana con el aroma  a café y el de leche hirviendo. Una melodía suave y el canturrear de su padre frente al espejo, afeitándose para ir a trabajar, la recibían.
Era una niña delgaducha , morena como la canela  y con unos ojos vivarachos, capaces de leer los acontecimientos de la vida, los que jamás olvidaría.
-¡Buenos días, ma’, ¡buenos días , pa’! - era el saludo matutino que todos los días pronunciaba.
-¡Buenos días!- le respondían ellos con una inefable sonrisa. Sonrisa que muchas veces se desdibujaba de sus labios para dar paso a una mueca de profundo dolor que la marcaría para toda su vida.
El nuevo día la esperaba con un entrañable desayuno. Seis niñas sentadas alrededor a la mesa, sintiéndose las niñas más felices del planeta.
-Ma’, ¿puedo ir al mercado contigo?                                               
-Puedes…termina el desayuno y tiende tu cama.
-Ya ma’- era la respuesta de Micaela.
Era un placer acompañar a mamá aunque después, estando ya en el mercado, el olor a pescado y otras carnes le producían náuseas. Micaela con el ceño fruncido y la cara de pocos amigos la apuraba para regresar a casa.
-Siempre es lo mismo, Micaela. No seas malcriada cambia de cara.
Y es que a Micaela, el desorden la enfermaba, los malos olores del mercado excitaban su estado de ánimo. Claro que todo eso se olvidaba con unos yases, una lámina de muñecas recortables que lograban que recupere la dicha. ¡Qué feliz se sentía!
La mañana estaba iluminada por los rayos del sol. Era un día de verano y el verano siempre alegra el alma, sobre todo el alma de Micaela. ¡Amaba el verano!
El día había transcurrido plácidamente. Entre juegos y disputas las niñas gozaban del calor de hogar. La madre entretenida en los quehaceres, el padre en su centro de labores, ellas disfrutando de la vida, ignorantes de lo que se avecinaba.
Siempre era así, parecía que el tiempo no pasaba; o al menos para ellas, no. Micaela era la mayor de las seis hermanas, se vislumbraba en ella una personalidad arrolladora, leía entre líneas lo que el libro de la vida le ofrecía. Gozaba de los juegos, soñaba… soñaba demasiado. Soñaba en lo que sería de grande, soñaba con las cosas que no tenía. ¡Cómo soñaba, Micaela!
Cada tarde recibía a su padre quien llegaba del trabajo. ¡Mi papá, mi papá! Era el saludo de las niñas. Micaela en primera fila. Y es que su padre era su héroe, el que lo sabía todo, el que solucionaba todo… O casi todo. No pudo solucionar lo que luego sería la noche más oscura en  la vida de Micaela.
Transcurría serena la vida de las niñas. Con mañanas de escuela, con tardes de juego, con noches de ensueño, con risas y llanto, con luces y sombras.
Micaela miraría luego, su vida en retrospectiva. Daría lo que sea por desandar lo andado. No era fácil dejar de ser niña y pasar a una juventud donde tendría que responder a las interrogantes que su destino había preparado para ella. Vería que sus padres no eran infalibles, que cometían errores, que eran débiles como cualquier mortal, que no eran lo demasiado fuertes como ella siempre creyó. Eso lo fue descubriendo, a medida que crecía.
Recordaba, por ejemplo, aquel aciago día en que su papá no llegó a casa. Su madre, serena siempre,  tenía dibujado en el rostro un rictus que la llenaba de tristeza. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba su padre?
Pequeños cuerpos a los que le habían arrebatado el alma.